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MIS DIARIOS. FE DE VIDA. TESTIMONIO DE FE9.10.26 HISTORIA DE CEUTRA. C1.10-10-26 HISTORIA DE CEUTA SEGUNDA OPARTE11-10-26. HISTORIA DE CEUTA TERCERA PARTEVERGUENZA AJENAEn los años 80 del XX la Internacional Socialista dirigida desde Alemania alzóo la Bandera del Progreso, del Bienestar, de la perdiz en todas las mesas y de los polvetes todos los sabadetes. A mediados de los 90 el péndulo pasó de la izquierda a la derecha y las vacas flacas engordaron a reventar. La Izquierda invocó una Alianza de civilizaciones con el Islam: a cambio de abrir las fronteras de Europa y las Américas el Islam fincanciaría el Regreso al poder del Socialismo en su fase Socialismo del Siglo XXI. El Declive se hizo.La Decandencia entró a destajo. Las vacas gordas estaban para ser llevadas al matadero y ser repartidas sus carnes entre los Nuevos Socialistas. Con lo que al quedarse Euuropa sin vacas se hizo la Crisis.El mismo asesino que le inyectó el virus al enfermo se puso la sotana de cirujano. Verguenza ajena. Una era de libertad era enterrada en los lodos de la ley de la supervivencia. La Prosperidad y el Progreso quedó reservado exclusivamente para los Perros. Si cías pichi y meneabas el rabo eras de la tribu; el Tesoro Público a bierto a tu bolsillo. ¿Contrato Indefinido de Trabajo? ¡Cosa de fascistas! ¿Y cómo llegar a comprarte una casa si nunca tienes un trabajo indefinido? Muy simple, Funcionario. ¿El camijno? El Sindicato y el Partido...te necesitan. ¿A cambio? Te bajas los pantalones, te pones de rodillas. Paris bien vale una misa. La Mafia no quiere que pienses, quieres que seas un perro, el amo dice ladra, y mientras más alto y más tiempo ladres llegarás a ser Ministra, Viceminnistra, Candidato a la Presidencia. Honor, Dignidad. Ser un Perro es nacer para el Poder. ¿Quién tiene más derecho, tu perro o ese sin techo que duerme en las orillas del Ebro, en los cajeros de tu banco? ¿No lop ves? El, Perro es el futuro de la Democracia. Las Perras y las Lobas llegan muy lejos: sus machos alfas se comen a quien haga fata. Siempre hay un hueso duro de roer. La Meloni en Italia. La Le Pen en Francia, la Ayuso en España. Ellos, ellas y elles lo tienen claro, eres Perra, Perro o Perre o te comes una M... El Honor, la Dignidad, la Verguenza, ¿qué es eso? Cosas de fachas.Antiguasmemnte antes de Feklicoe C`CGonzñpalesm, Cratxi, Miterrabnd, y los demas colegas, existió un Fondo del Salario del Trabajador; Preguntadle a Felipe González en qué consistía. Muy simple: Cuando el patrón se hace el loco y se declara en quiebra para robarte tu salario, el Estado Franquistale pagabna al currante el dinero debido, y el ladròn se las veñia entonces con la maquinaria de Protección del Trabajador creada por Francisco Franco. Que explique Felipe Conzàlez por qué abolió esa Bolsa del Salario. Que explique el Alfonso Guerrismo porquér abolió el Contrato Indefinido Franquista. y con él el Finiquito de toda la vida que hicieron posible entrrar el currante en un Banco y salir con la llave de su casa en el bolsillo.Quiero decir, lo que es malo debe borrarse, pero lo que es bueno debe cultivarse. Demonizar a un ser humano es autodivinizarse. Quien no ve nada bueno en otro ser humano se declara un dios omnisciente y perfecto en la tierra. Ahor bien ¿por qué se llama a si mismo Perro? es lo que no entiendo.Será porque solo soy un ser humano despues de todo.
14-10-26HISTORIA DE CEUTA. CUARTA PARTE.CONQUSTA DE CEUTA POR LOS PORTUGUESESCAPÍTULO 17.,,Continúan las diversas opiniones sobre la empresa: en contra de la opinión general, el Rey decide sitiar la ciudad, y lo que sucede a continuación.Los que abogaban por la toma de Gibraltar decían que, si fuera posible sitiar y conquistar Ceuta, aunque fuera a costa de la sangre de todos los portugueses, no sería justo desistir de tan honorable empresa, pero había muchas dificultades para lograrlo, pues se enfrentaban a todos los moros de África, que acudirían a defender aquella ciudad tan importante, puerta de entrada de los portugueses para hacerse señores de sus provincias. Que, siendo tan grande el perímetro de la plaza, el ejército para atacarla era muy limitado, y para hacerlo era necesario reunir todas las fuerzas y el poder de España. Que los víveres que llevaban eran escasos para lo que podía prolongarse el asedio, y que no había de dónde pudieran llegar tan pronto. Que, dado que ya habían salido de sus hogares, y tanto el rey como los infantes se encontraban personalmente comprometidos en la campaña, no era justo que se marcharan a Portugal sin emprender algo. Que esto fuera conquistar Gibraltar, que era una empresa menos difícil. Que ya se encontraba el 19 de agosto, y para desembarcar el ejército, ocupar las posiciones, disponer los campamentos, apuntar la artillería y preparar las máquinas, se necesitaban muchos días. Que se acercaba el invierno, época en la que la Armada no podría permanecer en la bahía de Ceuta debido a las impetuosas corrientes del Estrecho, y que, cuando pudiera mantenerse allí, sería una gran afrenta levantar el asedio una vez establecido, pues, habiendo permanecido el rey don Alfonso XI de Castilla en Algeciras once meses, era inevitable que se prolongara mucho más la conquista de Ceuta, tanto por la fortaleza de la plaza como por los continuos y poderosos refuerzos que recibiría de Berbería; y que, al tener que prolongarse tanto el asedio para pagar los fletes de los barcos extranjeros (cuando estos quisieran esperar), se necesitaba un gran tesoro, además de los fondos que debían destinarse al ejército. Decían últimamente que solo había que buscar la gloria por medios honrosos, sin emprender guerra alguna salvo por la seguridad de los suyos, ya que ahora se arriesgaría, sin causa forzosa ni grave, a un desenlace incierto; pues, si las cosas no salían bien, las asuntos de los grandes tenían esta condición: que, en el mismo momento en que empezaban a ir mal, como un río caudaloso se lo llevaban todo consigo; y no debían esperar tanto de las escasas precauciones del enemigo, pues la última necesidad se convertía en furor y hacía valientes y fuertes a quienes desesperaban de la vida o de la libertad.Los últimos, que opinaban que debían volver a Portugal para descartar la idea de continuar con lo de Ceuta, se valieron de los argumentos de los segundos; y para disuadir de la empresa de Gibraltar, decían que intentar aquella empresa sería una gran ofensa contra el rey de Castilla, a quien correspondía la conquista, y con quien Portugal mantenía la paz; que, si se intentaba esto, no sería de extrañar que se produjeran invasiones en el Reino mientras los portugueses se dedicaran a sitiar Gibraltar, pues tendrían motivos fundados para romper la paz, lo cual supondría un daño notable para el Reino y consecuencias sumamente perjudiciales para todos. Y que, dado que aquella empresa se había emprendido al servicio de Dios, él se daría por satisfecho con sus buenas intenciones, por mucho que le disgustara que se intentara con la pérdida de tanta gente sin esperanza alguna de victoria. El rey escuchó las opiniones de todos y, sin revelarles la decisión que había tomado, ordenó que toda la armada se dirigiera a la Punta del Carnero, resolución bien recibida por la mayoría, pues se pensaba en general que se trataba de regresar a Portugal.Una vez fondeados los barcos en la Punta del Carnero, el rey desembarcó y, tras convocar un consejo, manifestó su decisión de proseguir la conquista de Ceuta, pues, habiendo planeado aquella expedición durante tantos años —de la que el mundo esperaba un resultado— sería una gran afrenta desistir tras haber llegado a la vista de la ciudad, ya que la retirada ya no podría atribuirse al temor, y que, habiendo anunciado que lo que buscaba era la ciudad de Ceuta —empresa de tanto honor y reputación—, sería una merma del valor portugués y un descrédito de tantos preparativos intentar algo de tan poca importancia como conquistar Gibraltar, una villa limitada de Andalucía, cuya conquista correspondía a los reyes de Castilla; y que, por tanto, aquel día marcharía sobre Ceuta, desembarcaría al día siguiente, y proseguiría el asedio hasta terminarlo, tal y como esperaba en Dios. Que, en cuanto a esto, no les pedía consejo, sino que se lo dieran únicamente en cuanto al lugar por donde desembarcaría el ejército.Hubo en esto no menos discusiones que en lo anterior, pues el rey quería acuartelar su ejército en la Almina en contra de la opinión de todos, ya que los más experimentados coincidían en que se debía sitiar la plaza por el lado del campo e impedir los refuerzos, por donde sin duda intentarían entrar los moros, ya que todo su poder residía en la parte terrestre; pues, si se intentaba por la Almina, sus puertas siempre permanecerían abiertas a los refuerzos de Berbería y sus campos libres para recoger los frutos; y al asaltar la ciudad por un solo flanco, toda la fuerza de los moros se concentraría en ella, con lo que la empresa no solo sería difícil, sino imposible.El rey se mostró de acuerdo con atacar la ciudad por la Almina, diciendo que su intención era atacarla y tomarla por la fuerza de las armas, y no por el hambre. Que, al intentarlo por aquella parte, no tendría más preocupación que luchar contra los de la ciudad; en cambio, al sitiarla desde el campo, era imprescindible tener otra preocupación: atacar al mismo tiempo la plaza y defenderse de la multitud de moros que, de toda Berbería, acudirían en su socorro. Se siguió este consejo por razón y por obediencia. Y como el infante don Enrique, cuando se decidió esta expedición en Lisboa, había suplicado a su padre que, al llegar a Ceuta, le concediera la gloria de ser el primero en desembarcar, respuesta que el rey había aplazado hasta ese día; entonces se volvió hacia él y le dijo que, habiendo accedido a su petición, le concedía lo que le había pedido en Portugal, pues quería que, en esta empresa, no participara como compañero, sino como caudillo principal. Le ordenó que, con los barcos que tenía a su cargo, se dirigiera a la Almina; y que él, con los suyos, se situaría en la zona de los baños, para que, al ver los moros que allí quedaba la mayor y más importante parte de la Armada, acudieran a aquel lugar con el grueso de sus tropas, y resultara más fácil el desembarco por la zona de la Almina. Que, para llevarla a cabo, esperara una señal y, una vez avistada, desembarcara a su gente y se apostara en la playa, y que él acudiría al lugar con el resto de la Armada en su ayuda. Encantado el Infante con este favor, besó la mano a su padre y, al instante, con los barcos que le habían asignado, se dirigió a Ceuta por la zona de la Almina y se apostó en el lugar señalado. Cayó la noche, y al ver los moros a la Armada portuguesa frente a su ciudad, para desanimar a nuestra gente y mostrar la gran fuerza con la que contaban, y dado que se sentían sin miedo, colocaron luminarias en todas las ventanas y murallas, una vista hermosa por la grandeza y el adorno de aquella ciudad. Amaneció, y al subir el rey a una galera que tenía preparada —aunque en la entrada se hirió en una pierna—, armado de pies a cabeza salió corriendo hacia los barcos, animando a su gente; y dejó a todos tan animados y deseosos de embestir, que temían más la demora que el propio peligro. Les ordenó que nadie desembarcara sin que primero el infante don Enrique se hubiera apoderado de la playa, pero que estuvieran tan preparados que no hubiera demora entre el desembarco del infante y su socorro.El señor de Ceuta, Tánger, Arcila y otros lugares de aquella costa, que se encontraba en Ceuta, era un valeroso y prudente capitán de la ilustre familia de los Merines en África; como ya era anciano, y experimentado, al ver al rey don Juan con tal poder frente a su ciudad, temió la inminente ruina de esta y de todo su estado. Reconoció que allí tenía a un rey que, con tan poca gente, había logrado victorias tan gloriosas sobre sus adversarios, que había eternizado su fama y asegurado la corona. Consideraba que el secreto con el que emprendió esta campaña era tal que Ceuta no supo del peligro hasta que lo vio junto a las murallas. Pensaba que el hecho de que el rey se empeñara en tal conquista, tanto por su persona como por la de sus hijos, no carecería de suficientes fundamentos ni de muchas esperanzas de victoria. Por otra parte, sin las disposiciones ni los preparativos para la defensa, sin tiempo para recurrir a sus vecinos y aliados, y con las noticias sobre el valor de aquella nación, con la que pronto tendría que enfrentarse, consideraciones muy acordes con su edad y prudencia, que le hicieron temer el desenlace y dar por segura su ruina. No faltaban motivos que alimentaran sus recelos, pues muchos jóvenes moros que le acompañaban, deseosos de ganarse honra y, al carecer de experiencia, le animaban y le incitaban a la defensa asegurándole la victoria.El infante don Enrique esperaba firme en su puesto la señal de su padre para desembarcar; y al ver nuestros hombres que tardaba tanto y que la playa estaba ocupada por moros que los desafiaban, comenzó el desorden, y fue el primero en embestir la playa en su barca Joan Fogaza, mayordomo del conde de Barcelós, y el primero en salir a tierra Ruy Gonzales, mayordomo, que fue después de la infanta doña Isabel, esposa del infante don Juan, y comendador de Sana. Este se enfrentó valientemente a los moros, que se oponían a su desembarco, y en breve los hizo apartarse del lugar en el que debía desembarcar la gente de su barca, y, aunque con gran riesgo, consiguió lo que deseaba. Una vez sofocado este dichoso alboroto, el infante don Enrique, para socorrer a su gente, saltó al instante a una barca que tenía preparada, ordenando que le acompañaran Esteban Suárez de Melo y Mem Rodríguez de Refoyos, su alférez, y, tras mandar tocar a la carga, salió hacia la playa con la escasa gente que llevaba, cuando ya Ruy González, el que había salido primero, se encontraba entre los moros, realizando hazañas extraordinarias, y habiendo derribado a sus pies a uno de los principales y más valientes que le ofrecían resistencia, debiéndose también la gloria de su muerte a un gentilhombre alemán que le acompañaba, cuyo nombre quedó en el olvido. Al ver Don Duarte que su hermano había salido, sin demora hizo zarpar, y al llegar a aquella zona, desembarcó junto con Martín Alonso de Melo y Vasque Anes Corte Real, y lo mismo hicieron muchos, de no ser porque temían al rey, quien, sin tener noticia de lo anterior, andaba en ese momento dando órdenes de que desembarcaran.CAPÍTULO 18. Entraron en la ciudad, y lo que hicieron el infante don Enrique, su hermano, y otros.En ese momento se encontraban en tierra y se habían incorporado ciento cincuenta portugueses, que, unidos, arremetieron con tanta fuerza contra los moros que les hicieron dar media vuelta, obligándoles a refugiarse por la puerta de la Almina. El primero que entró enzarzado con ellos fue Vasques Anes Corte Real; prosiguieron, y en esta ocasión el infante don Enrique, al ver que su hermano don Duarte venía en su auxilio, y tras rendirle el debido respeto, le dijo que daba muchas gracias a Dios por haberle enviado tan buena compañía, y a él por la rapidez con la que se había dispuesto a socorrerle. Una vez unidos los hermanos, se abrieron paso para llegar a la puerta de la plaza, hiriendo y matando con singular audacia; para entonces ya se habían reunido trescientos hombres. Don Duarte ordenó que se detuvieran mientras desembarcaba más gente, para que hubiera suficientes para asaltar las puertas de la ciudad, pero sus compañeros le convencieron de que no se detuviera, sino que aprovechara la ocasión para seguir la persecución de los moros, por si, mezclándose con ellos, pudieran tomar aquella puerta; pues, como mínimo, los acorralarían tanto que no podrían cerrarla mientras llegaba gente nueva. Este consejo les pareció bien a los infantes, y sin detenerse siguieron a los moros con tal ímpetu y valor que los hicieron retroceder y huir entre unas cisternas y una fuente. Entre ellos se encontraba uno de gran corpulencia, tez morena y aspecto espantoso, que, mientras los demás manejaban las armas, lanzaba piedras con tal furia que causaba tanto daño como sus compañeros; acertó con una a Vasco Martínez de Albergaria y, con su fuerza, le arrancó el yelmo que llevaba; pero él, aunque aturdido por el golpe, embistió con tanta audacia a su adversario que, atravesándolo con la lanza, lo dejó muerto a sus pies. Esta muerte provocó que los moros se desorganizaran y huyeran, entrando por las puertas, y los nuestros, junto con ellos, los persiguieron; y el primero en entrar fue el mismo Vasco Martínez de Albergaria, quien realizó ese día hazañas prodigiosas. Llegó la noticia de la repentina entrada a Çalabenzala, que estaba organizando la defensa, y entonces se acobardó aquel valeroso ánimo, y comenzó a regar sus canas con lágrimas; desesperado ante la imposibilidad de defenderse, una vez que los nuestros se habían apoderado de aquella puerta, persuadió a su gente de que, puesto que Dios así lo quería, y de que en un instante todos perderían la honor y la propia patria, cada uno salvara la vida como mejor pudiera.Don Duarte, Don Henrique y el conde de Barcelós, junto con quienes les acompañaban —hasta quinientos portugueses—, tras dejar la puerta bien guarnecida, ocuparon una elevación de la ciudad que se encontraba cerca y, tras hacer alto, esperaron nuevos refuerzos de la armada, que ya desembarcaba desordenadamente al ver a los infantes en plena batalla. En breve se reunió un grupo considerable, con el que pudieron repartirse para tomar la ciudad. Mientras los infantes se encontraban en este puesto, llegó Juan Alonso, supervisor de Hacienda, quien fue el primero en animarlos en Lisboa para esta empresa; y les dijo, al verlos en aquel estado: «Ciertamente, señores, las fiestas de este día son mejores que las que vuestro padre, el rey, quiso celebrar en Portugal para nombraros caballeros: parecéis mejores, en estos calores de África con la espada en la mano, que en los frescos sótanos de Sintra tratando asuntos de la Hacienda». Los infantes acogieron bien el recuerdo y volvieron a agradecer el buen consejo, pues les granjeó el honor que ya tenían por asegurado.No debe pasarse por alto la valerosa acción de Vasco Fernández de Ataides. Al parecerle que sería un deshonor para su valor entrar por la puerta que otros habían conquistado, quiso abrir un nuevo camino para ser, por otra parte, el primero. Con este propósito, se apartó con algunos compañeros y otros que quisieron seguirle, y avanzó por la muralla hasta llegar a otra puerta, que estaba cerrada y mejor protegida. La embistió con notable valor y, con fuego e instrumentos, la derribó, aunque no sin peligro ni con tan poca resistencia, que allí perdieron la vida cinco portugueses, que se encontraban menos bien armados. Los moros lucharon desde la muralla con tal tenacidad que la puerta grande se defendió durante un buen rato; y aunque hubo muchos heridos por las piedras que lanzaban desde la muralla —entre ellos el propio Vasco Fernández de Ataide—, la puerta fue tomada y defendida con increíble valor.Los refuerzos para los nuestros seguían llegando, y al ver que los infantes contaban con efectivos suficientes para repartirse y recorrer las calles, se dividieron en tres grupos. El conde de Barcelós, con un grupo de hombres, fue ocupando una calle ante la gran resistencia de los enemigos, y realizó aquel día hazañas maravillosas. Los dos infantes se dedicaron a conquistar algunas elevaciones cercanas a la muralla; lo consiguieron con dificultad, debido a la resistencia que les opusieron; pero, tras apoderarse de la primera, que era de suma importancia, los dos hermanos se separaron allí: Don Enrique descendió a las calles con su grupo, mientras que Don Duarte prosiguió conquistando las elevaciones clave. El calor era notable, y las armas agotaban demasiado a don Duarte, por lo que tuvo que despojarse de ellas. Quedó con una cota de malla y, con la espada en la mano, fue conquistando con gran valor todas las alturas que le parecieron importantes, hasta llegar a la mayor, a la que llamaban «el sesto». Cada palmo de tierra que se ganaba costaba mucha sangre, pues habían acudido a la defensa infinidad de bárbaros, y luchaban por su falsa religión, por el honor, por la vida y por las propiedades. Don Duarte realizó ese día prodigios de valor; todos fueron testigos de lo mucho que hizo, corriendo de un lado a otro con la espada ensangrentada, y, aunque iba acompañado de valientes soldados, siempre fue el primero en correr los riesgos y a quien se debe la mayor parte de esta victoria.Los del resto de la armada se preparaban para el desembarco, y no tenían órdenes para llevarlo a cabo, pero al ver que los de la escuadra del infante don Enrique desembarcaban con tanta prisa que, una vez entrados en la Almina, no volvían a salir, y que todas las fuerzas de los moros se concentraban en la puerta, juzgaron (como era cierto) que todo se estaba decidiendo más adelante y que era necesario acudir para prestarles apoyo. El rey envió una barca al infante don Duarte con la orden de que saliera a socorrer a su hermano, explicándole la situación en la que, según creían, se encontraba; y la respuesta fue que la ciudad ya había caído y que sus tres hijos estaban dentro, repartidos por las calles luchando. Ante esta noticia, hizo sonar las trompetas para que todos desembarcaran en ayuda de los infantes, no sin gran envidia por parte de los que estaban en la flota, al ver que salían justo cuando la ciudad ya había sido tomada y la encontrarían conquistada. Se repitieron los avisos y se apresuraron a desembarcar, sintiendo los nobles la reputación que los demás se habían ganado, y los soldados la preocupación de no llegar a tiempo al saqueo que se prometían. Al fin llegaron todos a las puertas, y entró el infante don Pedro con el resto de la gente. El rey se quedó fuera, tanto para que la herida de la pierna no le obligara a esforzarse más, como porque los leales vasallos no consintieron que su Real Persona se arriesgara en la entrada, hasta que comenzara el asalto al castillo. El resto de la gente se dispersó por la ciudad: por un lado, don Duarte; por otro, don Pedro; por otro, don Enrique; por otro, el conde de Barcelños; por otro, el condestable y el maestre de Cristo; y otros por distintas partes, matando y matando a los moros, aunque no sin gran esfuerzo, pues todas las calles estaban llenas de enemigos, que con gran valor defendían su patria y sus propiedades. Rui de Sosa, sobrino del maestre, queriendo destacar entre sus compañeros, se abalanzó contra los moros por una calle justo cuando estos se habían reunido en gran número, y lo acorralaron en un lugar que, desde aquel día, quedó conocido como el «postigo de Rui de Sosa», defendiéndose valerosamente hasta que fue socorrido. Muno Martínez de Silueira también se distinguió, y todos actuaron con tal valor que se alargaría mucho la historia si se relatara lo que cada uno hizo. En medio de tal confusión, mientras el rey se encontraba sentado a las puertas de la ciudad, se le acercó Vasco Lorenzo, su secretario de la pureza, acompañado de cuatrocientos hombres, y le pidió, en reconocimiento a sus servicios, que lo nombrara caballero, a lo que el rey accedió.El infante don Enrique (sin duda) destacó entre todos ese día. Cansado de tanto luchar, se encontraba en una calle recuperando el aliento para volver a la batalla, cuando vio que un grupo de quinientos portugueses huía por ella ante una gran multitud de moros. Al ver tal desorden, se bajó la visera, empuñó el escudo, apretó la espada y, dejando pasar a los portugueses fugitivos, esperó a los moros y se abalanzó sobre ellos con tal denuedo que no solo los repuso su furia, sino que, con la ayuda de los portugueses —que, impulsados por el ímpetu del Infante, acudieron en su auxilio—, les hizo dar media vuelta. Los persiguió hasta la Aduana de los mercaderes genoveses, y allí se detuvo. A los moros les llegó un nuevo refuerzo y, al parecerles que los nuestros flaqueaban, los embistieron por segunda vez, poniéndolos en fuga. Allí, el Infante, al ver a los suyos desbandados y en desorden, se opuso por segunda vez al enemigo, deteniéndolo valerosamente, acompañado de unos pocos portugueses, pues la mayoría continuaba huyendo. Los moros le acorralaron y se entabló entre todos una reñida refriega: muchos enemigos pagaron su osadía con la vida, y otros, incapaces de soportar los fuertes golpes del Infante, le dieron la espalda. No los dejó escapar como la primera vez, sino que los persiguió hasta que se refugiaron tras las murallas del castillo, con la pérdida de muchos de ellos. Allí encontraron refugio, pues en aquel lugar se unían tres murallas: la del castillo, la de Barbacote y otra que separaba ambas villas. Al verse los moros en aquel lugar, debido a lo estrecho del sitio y a la multitud de quienes lo defendían desde las murallas, recobraron ánimos para arremeter contra los nuestros y expulsarlos de aquella calle. El Infante se encontraba en ese momento con solo diecisiete portugueses, que valían por muchos; los demás se habían separado de su compañía, unos movidos por la codicia del saqueo que ya estaba en pleno apogeo; otros, acosados por una sed ardiente. Con esta reducida compañía mantuvo la posición luchando durante tres horas, y cuando la refriega estaba en su punto álgido, un escudero suyo llamado Fernando Chamorro cayó al suelo herido de golpes mortales. Los moros intentaron retirarlo, pero los nuestros lo defendieron con notable valor durante un buen rato, hasta que el Infante, deseoso de acabar de una vez, hizo una enérgica salida desde aquel puesto y, embistiéndolos con increíble valor y ardor, estos cedieron ante su valor; y, abandonando el puesto y la calle, se adentraron por la puerta que daba a la segunda villa. El Infante se enzarzó con ellos, acompañado únicamente de cuatro o cinco portugueses, a quienes nombra la crónica antigua: Álvaro Fernandes Mascarenas, que más tarde fue señor de Caruallo; Vasco Esteban Godino y Gómez Dias, criados del Infante; y Fernando Álvarez, un escudero del rey.CAPÍTULO 19. Continúa el asalto, y acababa de sonar la campanaCon valiente ímpetu llegó el infante don Enrique con sus cuatro compañeros a aquel lugar, pues sobre la puerta había una fuerte muralla, con tres hileras de almenas, y en ella una torre con gran cantidad de troneras. De ahí salía la segunda puerta con un arco entre la muralla y la barrera que llegaba hasta una tercera. Cuando los que estaban en la muralla vieron que los nuestros se mezclaban con su gente, desde las troneras de la torre les lanzaron piedras y otras armas arrojadizas para intentar impedir que avanzaran, pero fue en vano, pues el Infante siguió a los moros hasta expulsarlos de la tercera puerta, con la muerte de muchos de ellos y ninguna baja por nuestra parte. Los moros cruzaron la tercera puerta; pero, al darse cuenta de que, al perderla, perdían al mismo tiempo la esperanza de recuperar la primera villa, pusieron todas sus fuerzas en impedir que el Infante la cerrara. Él, por el contrario, procuraba hacerlo, aunque a veces, por muy intenso que fuera su esfuerzo, no pudo lograrlo, pues al cerrar una de las puertas, cuando intentaban cerrar la otra, se veían impedidos por la furia de los moros, que no acababan con los nuestros, ya que el lugar en el que luchaban era muy estrecho y, además, las fuerzas eran iguales en ambos bandos. Cada uno de los compañeros intentó la empresa de cerrar la puerta, pero siempre se vieron impedidos, pues con las azagayas les herían a menudo. Al ver el Infante que entre todos era imposible lograrlo, dijo a los compañeros que dejaran la puerta, y, empuñando la espada, salió como un toro furioso entre la vil chusma, y, seguidos por los suyos, los apartaron de la puerta y los pusieron en una huida infame, haciendo que se dispersaran por un lado y por otro, con lo que tuvieron tiempo de volver a la puerta y cerrarla. Tras haber dedicado dos horas a esta tarea, los moros perdieron la esperanza de tomar la primera villa.La demora del Infante, el ardor con que se lanzaba a los peligros y los pocos compañeros con los que se había adentrado en aquel riesgo hicieron correr el rumor en el ejército de que había muerto, y aunque nadie se atrevía a decírselo a su padre, este lo intuyó, y no se le oyeron otras palabras que estas: «Que vaya con mi bendición, pues murió en el cumplimiento de su deber y como hijo mío». Pero, una vez disipado el rumor y tras enterarse de la verdad, fue grande su alegría por lo que quería de este hijo, que era, de entre todos, el que más se le parecía. Los moros, que se encontraban en la muralla, sufrieron un gran disgusto al saber que la puerta estaba cerrada y al ver que no podían causar daño alguno, pues la curva que hacía la muralla protegía a nuestra gente de sus disparos. El Infante se detuvo en aquel lugar esperando que acudieran en su ayuda para expulsar por completo a los moros; y al ver que tardaban, le dijo a uno de los cuatro que fuera a buscar socorro. Ninguno quiso ser el mensajero, no por temor al paso, sino porque no quisieron abandonarlo en tal peligro. Corrió, como ya he dicho, la noticia de la muerte del Infante, y, deseosos de cerciorarse de ello, se dirigieron a la primera puerta; pero al ver que la entrada era estrecha y estaba llena de peligros, se dieron la vuelta, juzgando posible que el Infante estuviera vivo, teniendo en cuenta los riesgos del paso. Solo Vasco Fernández de Ataide se decidió como el primero a intentar aquella hazaña imposible, pero con mala suerte, pues al querer entrar por la primera puerta, le arrojaron desde lo alto de la muralla una gran losa que le quitó la vida. Con este desafortunado suceso, los demás perdieron el ánimo para entrar, pero no García Moniz, que había sido guarda del Infante cuando era joven; pues, al llegar a aquel lugar y al ver que aún no se había confirmado su muerte, para asegurarse de ello se lanzó de un salto hacia la puerta, despreciando el evidente peligro, y aunque intentaron atacarle desde la muralla, llegó sano y salvo hasta donde se encontraba el infante, y, arrojándose a sus pies, le reprendió con respeto por la osadía con la que había puesto en peligro su Real persona. Le pidió que se retirara de aquel lugar, y así lo hizo el Infante, saliendo a la calle, y aunque en ella hubo otro enfrentamiento con los moros, los puso en fuga, hasta que llegó un mensaje de su hermano, don Duarte, en el que le avisaba de que lo buscara en una mezquita que ocupaba, la cual, poco tiempo después, se convirtió en la catedral que hoy se conserva en Ceuta. Don Enrique se opuso tres veces, pensando que con esta medida se ponía en peligro su propia seguridad; pero al ser informado de que se necesitaba su opinión para la toma del castillo, obedeció.Al verse perdido Çalabenzala y al comprobar que no había remedio para recuperarse, llamó a algunos moros de confianza y les entregó a sus mujeres para que las sacaran de la ciudad, cosa que hicieron de inmediato. Él se quedó paseando por una sala del palacio, reflexionando y llorando aquella lamentable pérdida, y sin más dilación montó en un valiente corcel y salió de la ciudad. Los portugueses realizaron ese día hazañas increíbles contra una multitud casi innumerable de moros, que luchaban como quienes defienden lo más preciado para los hombres: la ley, la patria, las mujeres, los hijos y la hacienda. Los portugueses siempre se han inclinado más por actuar con la espada que por escribir sus hazañas, y por eso hoy desconocemos las que cada uno realizó aquel día, sin duda dignas de eterna memoria, pues de Ayres Gonçales de Figueiredo, caballero de noventa años, sabemos por la historia antigua de esta conquista que, armado de pies a cabeza, luchó todo el día con notable valor, y si esto ocurrió en un caballero de avanzada edad, ¿qué habrían hecho aquellos que, con menos años, se habían enfrentado en tantas ocasiones anteriores a lo que leemos en las historias?Ante tan adversos acontecimientos, los moros abandonaron la primera villa, y cuando el rey convocó al consejo para que se decidiera qué se debía hacer en la continuación de esta conquista, fue voto unánime que por aquel día cesaran las hostilidades, para que, tras descansar, los soldados prosiguieran al día siguiente con nuevo ímpetu. El rey siguió este consejo y ordenó que no se actuara más por entonces, y que solo se colocara una guardia en el castillo para combatirlo al día siguiente. Se designó un grupo de hombres para este fin y, cuando ya se dirigían a cumplir la orden, uno de los soldados, al levantar la vista, vio que en el castillo había una bandada de gorriones, y dedujo, por la tranquilidad con que se encontraban, que los moros lo habían abandonado. Informaron al rey de este relato, y él lo consideró bien fundado; así que, llamando a Juan Vaz de Almada, que tenía a su cargo la bandera de San Vicente con la gente de Lisboa, le ordenó que entrara en el castillo e izara aquella bandera en la torre más alta. Juan Vaz se acercó a él y, al ver las puertas cerradas, comenzó a derribarlas, cuando desde lo alto dos cristianos —uno de Ginós y el otro de Vizcaya— le dijeron que no se cansara, pues los moros habían abandonado el castillo y solo ellos se habían quedado en él. Dicho esto, bajaron a la puerta, la abrieron y entraron los infantes don Duarte, don Pedro, el conde de Barcelos y muchos otros caballeros y soldados, dando a Dios infinitas gracias y las debidas alabanzas por haberles concedido con tanta rapidez y con tan pocas bajas una victoria tan insigne. Juan Vaz de Almada tomó posesión del castillo y, aunque muchos quisieron acompañarle movidos por la codicia del botín, el rey no lo consintió; más bien envió al infante don Enrique para que los hiciera salir, y Juan Vaz de Almada se quedara con la gente de Lisboa, a quienes el botín no fue de poco provecho.Una vez conquistado el castillo con tan poco esfuerzo, don Duarte ordenó a su alférez, don Pedro de Meneses, que se dirigiera con su bandera a la otra villa y la izara sobre la torre de Fez. Este obedeció, pero no lo logró fácilmente, pues los moros se le opusieron, y hubo una reñida contienda a la salida de la puerta, que después llamaron de Fernando Alfonso, y en ella cayó muerto el alférez de don Enrique de Norona. La resistencia sirvió de poco a los moros, pues iba acompañada de personas de ilustre linaje y gran valor, como Don Enrique de Norona, Don Juan de Norona, su hermano, Nuno Martínez da Silveira, Diego Fernández de Almada, Alvaro Nogueira, Vasco Martínez de Carvallal, y el gran barón de Alemania, que aquel día luchó valerosamente, y otros muchos caballeros, que, a pesar de los moros, izaron la bandera en la torre de Fez, y la custodiaron aquella noche. Don Fernando de Castro y Don Juan de Castro, su hermano, salieron por el otro lado presionando a los enemigos hasta que los hicieron retroceder por la otra puerta, que después llamaron de Álvaro Méndez.A las 7 de la tarde, la ciudad ya estaba totalmente en manos de los nuestros y libre de los moros, pues unos habían muerto, otros habían huido y otros, como las mujeres, los niños y los ancianos, se quedaron en sus casas, sin atreverse a abandonar la patria. Todos ellos, junto con muchos otros que quedaron cautivos, fueron llevados a los barcos y galeras. El saqueo de la ciudad fue riquísimo, con gran cantidad de oro, plata y objetos de valor, pues era una de las más ricas y fértiles de toda África, y estaba situada en un lugar al que concurrían, desde Damasco, Alejandría y toda Libia, así como desde muchas otras partes de Europa, Asia y África, ricas mercancías y numerosas y diversas naciones, que la ennoblecían con su comercio. Se encontraron muchas especias, drogas, escarlatas, paños y sedas que los moros no pudieron salvar debido a lo repentino del suceso. Estas riquezas sirvieron de poco ante la crueldad bárbara de los soldados, que, sin tener en cuenta que ya era una ciudad suya, trataban las propiedades como si fueran de los moros, derramaban las especias por las calles, quemaban los fardos de ropas de gran valor y corrían torrentes de miel, aceite, conservas y mantecas por las calles. Finalmente, se desperdició mucho más del botín de lo que aprovecharon los soldados.La noche siguiente la pasaron relatando los acontecimientos del día anterior; todos alababan el valor de los Infantes y del resto de los caballeros, y cada uno contaba lo que había visto y hecho. Sobre todo, exaltaban al unísono la resolución del rey en esta empresa y el gran secreto con el que la llevó a cabo, sin el cual no se habría podido lograr; y, como es habitual en el mundo, alababan o vituperaban según los acontecimientos; a quienes facilitaron esta empresa y reconocieron el puerto de Ceuta —a quienes antes llamaban traidores—, al ver ahora a los soldados ricos y honrados, les prodigaban repetidos elogios, y en particular al infante don Enrique, que fue quien más insistió en la expedición; le cambiaron la fama de joven temerario por la de capitán prudente y valeroso.
CAPÍTULO 20. Lo que ocurrió en la ciudad tras su rendición y el estado en que se encontraba en aquel momento.No se sabe con certeza el número de moros muertos en esta conquista: quienes han recordado este suceso en sus escritos ofrecen versiones divergentes. Algunos dicen que fueron diez mil, otros que fueron cinco mil, y la diferencia no es pequeña; hay quien considera que el número fue mayor y hay quien lo considera menor; lo cierto es que fue elevado, teniendo en cuenta la densidad de población de la ciudad y la multitud de moros que se reunieron para su defensa, así como la tenacidad y la obstinación con que ellos y los nuestros lucharon. Lo que no deja lugar a dudas es que la multitud de cadáveres que ocupaba las calles dificultaba la circulación y, por ello, y para que el aire no se corrompiera con el gran calor, el rey ordenó que fueran arrojados al mar. De nuestro lado (parece que se pone en riesgo la credibilidad si me atrevo a relatarlo), solo murieron ocho soldados; cinco en la brecha que abrió Vasco Fernández de Ataide, y tres dentro de la ciudad, incluyendo en esta cifra al propio Vasco Fernández y al alférez don Henrique de Norona —una cifra reducida frente a la grandeza de esta victoria, lo que demuestra que Dios luchó por nosotros, pues sin Su ayuda especial no habría sido posible facilitar tanto la empresa—.Los moros que, al día siguiente de su derrota, partieron con sus mujeres e hijos hacia la sierra, se reunieron en grupo y regresaron a la vista de Ceuta para tentar la suerte, provocando a nuestras tropas, no con la esperanza de conquistar la ciudad —que ya consideraban perdida—, sino para que la empresa no les saliera tan barata. El príncipe don Duarte salió a su encuentro, acompañado de valientes soldados, y, al poner en orden sus filas, los moros se negaron a combatir. Así se acercaron en otras ocasiones y, cuando don Duarte quiso salir por segunda vez, el rey se lo impidió, diciéndole que no había venido de Portugal para librar escaramuzas con los moros, sino para conquistar una ciudad de tanta importancia; que ya lo había conseguido; y que, si los nuestros tuvieran que salir a cada hora, provocados por los moros, estarían en perpetua inquietud. Ante esto, a los moros no les quedó otro consuelo que lamentar la pérdida de su patria con palabras tan conmovedoras y cantos tan tristes, que despertaban compasión incluso en los propios cristianos. Veían en manos de sus adversarios las mismas casas en las que habían nacido; las mezquitas de su falso Profeta, los imponentes edificios de la ciudad, las grandes torres y fortalezas que, dos días antes, en su opinión, poseían con seguridad; las mujeres, los hijos, los padres, los hermanos, los parientes y los amigos, hechos prisioneros de forma tan inesperada y sin ninguna esperanza de salvación. Se quejaban en vano y culpaban a Dios por no haber querido ayudarlos, y a los hombres por no haber sabido defenderlos; y como las cosas suelen valorarse más cuando se pierden, la opulencia de su ciudad, el trato de las naciones y la pérdida de sus familiares se les presentaban con razones aún más vívidas.Así fue como la nación portuguesa conquistó a los moros la ilustre ciudad de Ceuta, tan célebre en toda África, Asia y Europa, y que causó tantos daños a España, asolando sus costas y las de toda la cristiandad con el dominio del estrecho, pues sometió a tributo a todas las naciones que por allí navegaban, para que no corrieran el riesgo de ser capturadas en sus costas.Los daños que esta ciudad causó a España, mientras estuvo en manos de los bárbaros seguidores de Mahoma, los sufrieron nuestros antepasados, y nosotros, que vivimos hoy, los lamentamos con razón, pues, además de la continua infestación de nuestras costas —ya que este puerto se encontraba frente al Reino de Granada—, este recibía refuerzos continuos y crecientes, y los moros de África realizaban siempre, y contra el Reino de Granada, las incursiones más poderosas; y así, con razón, fue llamada en todos los tiempos «Ceuta, llave de la cristiandad y terror de Hispania». En cuanto al número de habitantes que tenía en el momento en que fue conquistada por los portugueses, no quedó registrado en las crónicas de aquella época, al igual que muchas otras particularidades de esta conquista. Juan de León afirma que era la ciudad más bella y más poblada de Mauritania, tanto por sus edificios, templos y colegios, donde se enseñaban diversas ciencias y disciplinas, como por los artesanos de todos los oficios, que creaban obras de gran refinamiento en oro, plata, seda y lana, que desde allí se llevaban a diversas provincias del mundo. Sus alrededores eran frescos y apacibles, repletos de hermosas fincas, extensos huertos y viñedos de los que se cosechaba una gran cantidad de pasas, que les servían de vino, bebida prohibida en su secta. A esta ciudad, debido a su ubicación y a que era el puerto más concurrido de África y Europa, acudían naciones con todo tipo de aromas, especias y mercancías procedentes de muchos otros lugares de África y de Alejandría, transportadas hacia estas provincias de la India y otras regiones orientales, así como de toda Italia, Francia y España; por esa razón, era una ciudad muy rica, poblada y tan extensa como hoy demuestran las antiguas murallas; y tal fue el botín que encontraron los portugueses, y la gloria de conquistarla, inmortal.Para que a este acontecimiento no le faltara ninguna circunstancia que lo convirtiera en milagroso, la noche del día en que el rey conquistó Ceuta a los moros, apareció el rey don Alfonso Enríquez, armado, en el coro del Convento de Santa Cruz de Coímbra, que él mismo había fundado y donde llevaba enterrado unos 23 años, y dijo a los religiosos, que estaban cantando las maitines, que él y su hijo don Sancho habían socorrido a sus vasallos en la reconquista de Ceuta. Este recuerdo se conservó en un libro manuscrito del Real Convento de Alcobaza, con estas solemnes palabras: Este buen don Afonso, la noche en que Ceuta fue conquistada a los paganos por el honorable señor rey don Juan, fue el primero en aparecer en el convento de Santa Cruz de Coimbra, completamente armado, mientras los padres conventuales, ataviados con sus vestiduras de oración, entonaban las matinas. Les dijo que, por voluntad de Dios, había ido con don Sancho, su hijo, a ayudar a reconquistar Ceuta a los moros; acto seguido, atravesó la puerta y no volvió a ser visto, dejando a todos los habitantes de la región atónitos ante lo que habían presenciado.El viernes siguiente, tras haber obtenido aquella importante victoria, el 23 de agosto, el rey ordenó que, el domingo, el capellán mayor preparara la gran mezquita para que allí se celebrara la misa y se pronunciara el sermón. Se reunieron todos los capellanes y muchos clérigos del ejército, que constituían un número considerable. La mezquita fue limpiada de las impurezas musulmanas y bendecida con gran solemnidad; las ceremonias se celebraron con gran majestad y riqueza de ornamentos, para lo cual se habían preparado especialmente con motivo de la ocasión; y, una vez terminada la bendición de la iglesia, se entonó el himno «Te Deum laudamus» con estruendo sonoro y al son de más de doscientas trompetas del ejército, así como de una gran cantidad de chirimías, tambores y otros instrumentos militares. No faltaron campanas para celebrar religiosamente la fiesta; se encontraron dos que los moros, años antes, habían capturado en la ciudad de Lagos, en el Algarve, y que, en este día, celebraban la gloria ajena y su propia libertad. Terminada la misa, los infantes regresaron a sus alojamientos, donde se armaron y se vistieron con las vestiduras más ricas y los adornos para que el rey los invistiera como caballeros; y, como jóvenes de bella apariencia y estatura, elegantes en todos sus gestos, recibieron numerosas aclamaciones del pueblo. Así ataviados, acompañados por la nobleza y por mucha otra gente, todos ricamente vestidos, con flautas y trompetas, se dirigieron al rey, que los esperaba con igual pompa y esplendor, y los recibió con grandes muestras de alegría, no sin lágrimas, que todos derramaron al recordar cuánto deseaba la reina doña Felipa ver este feliz día. El primero en arrodillarse fue el príncipe don Duarte, quien, desenvainando la espada que su madre le había entregado para ser investido caballero, la besó y la puso en manos del rey, quien lo invistió caballero con ella; y de la misma manera lo hicieron don Pedro y don Enrique. Una vez concluido este acto, después de que los infantes besaran la mano de su padre, se dividieron en diferentes grupos para armar a sus propios caballeros, mientras el rey realizaba el mismo ritual con otros. De manos del infante don Duarte recibieron este honor el conde don Pedro Meneses, don Juan de Norona, don Enrique de Norona, su hermano; Nuno Vaz de Castelo Branco; Pedro Vaz de Almada, Diego Fernandes de Almada y muchos otros. El infante don Pedro nombró caballeros a Álvaro Vaz de Almada, su gran servidor, quien más tarde hizo honor a tal distinción al querer ser su compañero en la muerte en la batalla de Alfarrobeira; Aires Gomes de Silua, Aires Gonçalves de Figueredo, Martín Corera, Juan de Ataide, Martín López de Aceuedo, Diego Gonzalves Trauaços, Fernán Vaz de Sequeira y otros. El infante don Enrique invistió como caballeros a don Fernando, señor de Berganza, hijo del infante don Juan; a Gil Vaz de Acuña; a Álvaro de Acuña; a Álvaro Fernandes Mascarenas; a Vasco Martínez de Albergaria; a Diego Gómez de Silva; a Álvaro Pereira; a Juan Gómez, el Zarco; y a muchos otros.Solo quedaba enviar noticias de este feliz éxito a España, a los Reyes de Castilla y Aragón, encargando al alcaide de Tarifa, Martín Fernandes Puertocarrero, que las transmitiera a la reina de Castilla y a las autoridades de Andalucía, tan interesadas en que Ceuta permaneciera en manos de los cristianos. El ilustre alcalde portugués tuvo el singular honor que el rey le concedió al hacerle partícipe de tan alegre noticia. La ciudad de Tarifa, tan preocupada por la vecindad de Ceuta, lo celebró efusivamente, y todas las demás ciudades de Andalucía y de Castilla, igualmente interesadas, se unieron a ella. Álvaro Gonzalves da Maya, inspector de finanzas de Oporto, se dirigió al rey don Fernando de Aragón con la noticia de esta victoria, ofreciéndole Ceuta para sus flotas, en caso de que quisiera emprender alguna conquista en las costas de Berbería. El rey de Aragón, que se encontraba en Perpiñán como huésped del papa Benedicto y a la espera del emperador Segismundo, que también se encontraba allí, aunque visiblemente enfermo, recibió esta noticia con grandes muestras de alegría, comunicándole la buena nueva al embajador de Portugal y ofreciéndole el alojamiento que merecía un siervo de tal príncipe y portador de noticias tan felices para España.................... |
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